El primero de los indios modoc, Kumokums, construyó una aldea a las orillas del río. Aunque los osos tenían donde acurrucarse y dormir, los ciervos se quejaban de que hacía mucho frío y no había hierba abundante.
Kumokums alzó otra aldea lejos de allí, y decidió pasar la mitad del año en cada una. Por eso partió el año en dos, seis lunas de verano y seis de invierno, y la luna que sobraba quedó destinada a las mudanzas.
De lo más feliz resultó la vida, alternada entre las dos aldeas, y se multiplicaron asombrosamente los nacimientos; pero los que morían se negaban a irse, y tan numerosa se hizo la población que ya no había manera de alimentarla.
Kumokums decidió, entonces, echar a los muertos. Él sabía que el jefe del país de los muertos era un gran hombre y que no maltrataba a nadie.
Poco después murió la hijita de Kumokums. Murió y se fue del país de los modoc, tal como su padre había ordenado.
Desesperado, Kumokums consultó al puercoespín.
-Tú lo decidiste -opinó el puercoespín- y ahora debes sufrirlo como cualquiera.
Pero Kumokums viajó hacia el lejano país de los muertos y reclamó a su hija.
-Ahora tu hija es mi hija -dijo el gran esqueleto que mandaba allí-. Ella no tiene carne ni sangre. ¿Qué puede hacer ella en tu país?
-Yo la quiero como sea -dijo Kumokums.
Largo rato meditó el jefe del país de los muertos.
-Llévatela -admitió. Y advirtió:
-Ella caminará detrás de ti. Al acercarse al país de los vivos, la carne volverá a cubrir sus huesos. Pero tú no podrás darte vuelta hasta que hayas llegado. ¿Me entiendes? Te doy esta oportunidad.
Kumokums emprendió la marcha. La hija caminaba a sus espaldas.
Cuatro veces le tocó la mano, cada vez más carnosa y cálida, y no miró hacia atrás. Pero cuando ya asomaban, en el horizonte, los verdes bosques, no aguantó las ganas y volvió la cabeza. Un puñado de huesos se derrumbó ante sus ojos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario